EL TABÚ DEL SUICIDIO

El Tabú del Suicidio: del Bosque de los Suicidas al Bosque de Vida y Esperanza. Así se denomina el nuevo libro del Sr. Domingo Abarca Vásquez. Está sujeto a las últimas fases de revisión de estilo y redacción de prólogo, trabajo que ha sido asumido por la Primera Presidenta de la Red Mundial de Suicidiologos, Fundadora y Presidenta de la ONG Estaciones del Alma y también Formadora y Coordinadora de la Red Argentina de Suicidología, Silvia B. Lopez Ostrovsk.

En la obra, el autor define los términos tabú y tabúes, y desde un enfoque historiográfico y sociológico recorre el largo camino que en la historia de la humanidad ha encontrado para hacer del suicidio un tabú. En ese recorrido por la historia, va identificando a los principales artífices y forjadores del tabú del suicidio, justificando desde luego las razones -en función del papel que cada uno de ellos ha venido jugando- que cada uno de ellos utilizó para la censura y prohibición del suicidio mediante procesos de “satanización” -en primer lugar- luego criminalización, penalización y rechazo de la muerte voluntaria.

  1. Desde el ámbito de la filosofía greco romana, identifica primeramente Platón y luego a Sócrates.
  2. Inspirados en ellos, desde el ámbito de la Religión Católica Romana, añade como los continuadores y reproductores del tabú del suicidio a san Agustín (entre otros “santos”, papas y “padres de la iglesia” del Medievo, a través de sus alianzas estratégicas con emperadores del Imperio Romano).
  3. Luego aborda el papel de Dante Alighieri en ese proceso y por último, a santo Tomás de Aquino y algunos otros papas de la Iglesia del periodo renacentista, aliados con la Corona Española.

En el libro se relata y explica lo que llamamos “La Guerra de los Dioses”. De los dioses greco romanos y de nuestros aborígenes contra el dios Romano, un dios que no era Dios como el Dios invisible que conocemos, un dios transformado y transfigurado que ordenó las más espeluznantes persecuciones contra sus adversarios: musulmanes, eslavos paganos, judíos, cristianos ortodoxos griegos y rusos, los mongoles, los cátaros y luego los caciques y principales de nuestros ancestros. Enumera significativos relatos de cronistas e investigadores en donde demuestra la génesis del suicidio como un problema de violencia social. Termina el capítulo correspondiente con los siguientes párrafos:

“Las atrocidades cometidas en las culturas y civilizaciones greco-romanas y en nuestros territorios, quizá nunca perdonadas por Dios, fueron espeluznantes y aterradoras. ¡Para que recordarlas! Solo sabemos que hubo mucha muerte y destrucción, y que se suscitaron importante número de muertes voluntarias, en forma individual y masiva -como lo demostramos- en nuestros aborígenes, que preferían la compañía de Ixtab para su recorrido al paraíso, que el yugo explotador y esclavizador romanos, españoles y sus aliados. El suicidio dejó de ser en estas tierras una muerte voluntaria, símbolo de honra, valor, gloria y lealtad, para convertirse en una forma de evadir el desprecio, el rechazo, la humillación, la desgracia y hasta las enfermedades de los nuevos amos y dioses”.

¿Será que Dios se equivocó con aquellos elegidos para tan macabra obra? ¿Los elegiría alguien que no fuese Él? ¡No lo sabemos! Prefiero quedarme con aquellas palabras de Jesucristo y no preocuparme por esos asuntos. El dijo y escrito está: ‘Toda planta que no plantó mi Padre celestial, será desarraigada. Dejadlos; son ciegos guías de ciegos; y si el ciego guiare al ciego ambos caerán en el hoyo’.

Una reflexión para concluir este apartado: ¿Qué ocurriría si hoy, de repente apareciera en nuestros escenarios ‘algo’ o ‘alguien’ que se proclamase rey o soberano por encima de todo y todos, reclamando, exigiendo e imponiendo poder absoluto y adoración; y que por encima de todo le valiera “un carajo” las conquistas que, por ejemplo, en materia de Derechos Humanos se han obtenido en la historia de la humanidad? ¿Qué ocurriría también, si a su vez organizara sus propios ejércitos con las armas más sofisticadas posibles a nuestra imaginación y la emprendiera contra basílicas, templos, papas, obispos, sacerdotes y todos sus representantes y creyentes; que quemara sus libros sagrados y ultrajara sus dignidades? El solo pensarlo da horror, pero de seguro ocurrirían tres cosas:

  1. Muchos de los jerarcas, representantes y creyentes de las diferentes filosofías políticas o religiosas, fácilmente entregarías sus creencias y credenciales a sus dioses y hasta por sí mismos destruirías sus propios templos y edificios para salvar sus pellejos.
  2. Algunos otros decidirían tomar sus armas y lucharían  hasta la muerte por su dios o por sus dioses terrenales, pero también por sus creencias políticas y religiosas, por sus libros y sus ‘tesoros’ sagrados y por su propia dignidad. Eso es indudable.
  3. Pero también, existirán muchos otros que por sí mismos decidan entregar su cuerpo, espíritu y sus almas a su dios celestial suicidándose: ¡si eso ocurriese, no podrán ser vistos jamás como asesinos, apóstatas, herejes, cobardes, traidores, subversivos, enfermos mentales o locos! ¡Si eso ocurriese, recuérdelo, no tenemos autoridad para juzgarlos! 

En el sexto capítulo del libro, se ilustra el bosque de los suicidas de Dante y lo que en su imaginario es el destino del cuerpo y las almas de los suicidas; en el séptimo capítulo se propone los ideales del Bosque de Vida y Esperanza, para trasladar allí el alma de los seres queridos fallecidos por suicidio y en el último capítulo se discurre en la Suicidiología. Se analizan conceptos de esa “ciencia” o “disciplina” con sus aportes y limitaciones; se incorpora a la misma -porque no se ha hecho todavía- los que en adelante deberá ser su objeto de estudio (el suicidio, los suicidas, el control y la reacción social de la conducta suicida; y los sobrevivientes); los fines y funciones (la investigación científica del suicidio, la prevención del suicidio y la atención a los afectados); así como el perfil y el rol de lo que en adelante a ser el especialista en Suicidiología.

Debo hacer un par de aclaraciones: Por dogma de fe, mi fidelidad al Gran Padre está por encima de cualquier cosa, por ello, no me considero infiel: “El infiel no es aquel que no cree, sino aquel que cree mal, aquel cuya vinculación con el Otro divino está fallada (mientras su congénere, el traidor y desleal, es aquel que ha roto o traicionado esa relación con Dios)”1.

Eso y más es el tabú del suicidio, un libro que en unos tres meses estará a la venta en los lugares que se indicarán por este medio.

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1 De autor desconocido.

 

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